El Guardián Jumaytepeque
En Santa Rosa, allá en el oriente,
vive un volcán alto, tranquilo y sonriente.
No ruge, no asusta, no quiere pelear,
prefiere a los niños historias contar.
“Soy Jumaytepeque, cerro grandulón,
verde, dormilón, guardián de corazón.
No echo fuego, no saco calor,
mi fuerza está en dar vida y amor.”
Los patojos subieron con gran emoción,
por ver de cerquita al noble volcán.
“¿Por qué no explotas? —dijo un patojo—
¿será que tenés miedo o sos medio flojo?”
El volcán sonrió con voz de tambor:
“No soy flojo, patojito, soy volcán protector.
De mis laderas brotan flores y pinos,
vienen a jugar venados y pollinos.”
Arriba brillaba la Cruz del Milenio,
y el aire olía a café pequeño.
Los niños gritaban: “¡Ala, qué chulada!
¡Qué vista tan linda, qué tierra sagrada!”
El volcán les habló con voz de consejo:
“Cuiden mi falda, mi bosque y mi espejo.
No tiren basura, respeten mi ser,
así yo les doy vida una y otra vez.”
Los niños bajaron saltando de gozo,
contentos, alegres, riendo a lo loco.
Y todos aprendieron que ser fuerte es cuidar,
no destruir, sino siempre amar.
Moraleja con rima:
“Si al bosque cuidás y no lo ensuciás,
vida y alegría siempre te dará.”
Autor: Alvaro Rojas Melendez.

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